Los mantras lavinistas
Carlos Larraín ha sido nominado para ocupar el escaño que deja el ahora Ministro de Defensa Andrés Allamand, en la circunscripción de Los Ríos. Se ha visto un reclamo transversal, execrando la reforma constitucional de 2005.
“¿Por qué el partido del parlamentario elegido debe resolver su cupo cuando éste queda vacante?” Pues bien, ¿qué sería más democrático? ¿Llenar la vacancia con el compañero de lista de dicha elección, ese que obtuvo –muchas veces– una cantidad irrisoria de votos? Pues no, sería desconocer el mandato popular. (Además, en el caso de Allamand, el pobre no tenía compañero de lista.) ¿Volver a las elecciones complementarias? Sería un proceso engorroso, dado el tiempo que demora resolver el cupo (y quienes dejan la vacante, pedirían a la oposición una cabeza para el dichoso “pareo”, no vengamos con cosas).
En fin, no discutiré el desguañangamiento de la legislación política, cuyo estado actual se debe a la superposición de parches. El problema es otro, algo que me ha espantado gravemente. He leído a gente comentando cuán engañados se deben sentir quienes eligieron a Fulano para un cargo en el Congreso Nacional y renuncia a sus funciones, luego de un tiempo, para irse a un cargo gubernamental.
Lo repito de otra forma: hay gente lamentándose porque el voto le corresponde a una figura personal(ista), no hacia una coalición política.
¡Acabáramos! ¡Se despolitizó el Congreso! Entonces, las bancadas son un chiste: votar en bloque nunca ocurrió y los programas políticos de cada bando político en época electoral valen callampa pura y dura. ¡Qué mentira!
En el Parlamento chileno, salvo los excepcionales casos de Miodrag Marinovic y Carlos Bianchi, ningún huevoncito se manda solo: a todos les pena alguna forma de control de cuadros; incluso al flamante integrante del PRO René Alinco.
Por cierto, ¿se acuerda quién partió hablando de la importancia de votar por “personas, no partidos”? ¡Joaquín Lavín, en su campaña de 1999! Esa frase resolvía la necesidad de la derecha por legitimarse políticamente en una época donde todavía “ellos” eran todavía los “malos”.
¿Recuerda que en los años siguientes, aparecieron decenas de desconocidos aspirando cargos de representación popular, apoyados por la marca paraguas del apoliticismo lavinista? ¿Se acuerda de cómo llegaron a sus respectivos cargos Pablo Zalaquett, Gonzalo Cornejo, Carolina Plaza, Gustavo Hasbún, entre muchos otros? ¡Así mismo!
¿Se acuerda, además, por qué eran desconocidos? Porque, de acuerdo al plan lavinista, los políticos (tradicionales) no servían. Llegaron las caras nuevas. ¿Sabe qué ocurrió? Primero, los políticos nuevos fueron cooptados por los políticos viejos (razones obvias: militaban en los mismos partidos, duh). Segundo, ¿se acuerda del caso “Recolecta”?: los políticos “nuevos” adoptaron las mañas de los “viejos”.
Tanto se abusó de la inutilidad de los políticos que nuestra clase política está desprestigiada y a nadie le importa nada. ¿Por qué el Congreso perdió credibilidad? ¡Porque, en nombre de “los problemas reales de la gente”, los parlamentarios fueron vendidos como asistentes sociales!
En el discurso público, la función legislativa de los congresistas fue anulada, pese a ser la responsabilidad por la cual fueron elegidos. Para peor, “los problemas reales” anularon la cuestión cívica en el debate público. Hoy en día, ya no importa ser ciudadano ni de qué forma nos cohesionamos como sociedad: nos hemos convertido en meros receptores de productos (léase salud, educación).
Pensar cosas “abstractas” ha perdido utilidad. Los mantras lavinistas convirtieron al ciudadano promedio en espectador de políticas públicas efectistas, a la vez que en un ciudadano bastardo, desnaturalizado. Tan desnaturalizado que se siente defraudado de haber votado a la persona de nombre Andrés Allamand, en lugar de un militante derechista que ha pasado al ministerio de un gobierno derechista y cuyo escaño vacante será ocupado por otro derechista.





